Víctor Martínez Loredo, es doctor en psicología y experto en conductas adictivas.

Han pasado ya más de siete semanas desde que ha comenzado este experimento social que ha resultado ser el confinamiento decretado por el gobierno para promover la distancia social que ralentice el contagio del SARS-Cov-2, con el objetivo de gestionar de una manera más eficaz y eficiente esta pandemia. Han sido más de siete semanas durante las que se han producido muchos cambios que nos han afectado de distinta forma. En este artículo se abordará uno de estos cambios, tan importante como soslayado por el foco mediático, únicamente interesado en debates estériles entre tertulianos convertidos en expertos en Salud Pública, epidemiología y microbiología por arte de birlibirloque.

Dejando al margen todas las casuísticas, el confinamiento ha supuesto, a nivel mundial, un freno de mano que ha detenido el ritmo frenético de las sociedades modernas. Sociedades enrocadas en una huida perpetua hacia delante, focalizando toda la atención en trabajo y el “después de” (en mis próximas vacaciones, en el suelo a fin de mes, en el futuro académico o profesional, etc.). Este freno de emergencia nos ha colocado frente al espejo y la imagen reflejada ha provocado miedo y ansiedad a muchos de los que han mirado su reflejo. Ya sea a través de la versión destilada de la producción derivada del teletrabajo o de la cruda realidad de los ERTE, bajas forzosas, etc., la incesante huida hacia delante se ha convertido en el día de la marmota. Un día de la marmota que nos aferra a un presente continuo que nos ata a nuestra casa, a nuestras emociones, a nuestros pensamientos y, por tanto, a nuestra vida. Y he aquí, muchas veces, el problema.

Este freno de mano ha supuesto, para algunos, la obtención de uno de los bienes más preciados en las sociedades actuales: tiempo. Un tiempo extra considerable, ya sea únicamente por el ahorro en el desplazamiento al lugar de trabajo o por el parón en las tareas productivas. Una situación que nos llevado al lugar al que aspirábamos para poder dedicar tiempo a nosotros mismos, para cultivarnos y enriquecernos como personas. Sin embargo el resultado no ha sido el esperado. Nos hemos dado cuenta de que, tras años de rutina de largas jornadas laborales, traslados por la ciudad de vuelta al hogar y tareas domésticas, de sobrevivir, hemos perdido la práctica de vivir. Muchos son los que se han mirado en el espejo y han descubierto que, de tanto pensar en el “después de”, se han desatendido a sí mismos. La constante huida hacia delante de las sociedades actuales ha impedido, en mayor o menor medida, la reflexión sobre los valores vitales de cada uno; junto con los proyectos personales y como sociedad que nos gustaría emprender. Incluso la existencia de aficiones o actividades placenteras que nos enriquezcan. La carencia de esta parcela en el entorno de uno mismo y en un contexto de tiempo libre creciente puede pesar como una losa.

Para otros, la eliminación de una barrera física entre trabajo y vida propia ha supuesto la inundación de su vida personal por todo lo relacionado por el trabajo; en vez de llevar el trabajo a casa se han llevado la casa al trabajo. En realidad, la historia no difiere del caso anterior sino que más bien es la versión actualizada de ese huir hacia adelante en aquellos cuyo trabajo lo permite y hasta favorece. Así como el agua llena todo recipiente vacío, esta versión “destilada” de la producción expande su presencia a través de ordenadores, smartphones y demás TICs en jornadas laborales extensivas y desorganizadas: ya que estás en casa y no tienes otra cosa que hacer, adelantas trabajo. Un trabajo, por cierto, que en realidad nunca se termina porque a una tarea le sigue otra, y otra, y otra. La flexibilidad de ciertos trabajos que permiten tener la suerte de poder teletrabajar es, a la vez, la principal característica que los hace susceptibles de inundar todas las esferas de la vida. Todos los días acaban siendo un reiniciar constante de un lunes perpetuo que nos hace preguntarnos el paraqué de este empuje perpetuo.

Sin embargo, no todo es oscuro en esta situación. Los frenos no sólo impiden el progreso sino que a veces también impiden los choques o caídas por el abismo. Además, todo tratamiento necesita un buen diagnóstico. Estas semanas con la sociedad a ralentí no sólo nos da un lugar (nuestra casa) sino también un tiempo (eso que siempre nos quejamos de no tener) para pensar. Para pensar sobre nosotros mismos y nuestra sociedad; sobre nuestros valores vitales. ¿Cómo nos gustaría vernos en el futuro? ¿Cómo nos gustaría ser, dentro de nuestras posibilidades? ¿Cómo nos gustaría que fuera la sociedad en la que vivimos? ¿A qué nos gustaría dedicar el tiempo del que ahora sí disponemos (algunos)? ¿A qué lo estamos dedicando? ¿Qué función cumple el trabajo en nuestra vida?

Dicen que esta crisis sanitaria está sacando lo mejor (y lo peor) de muchos de nosotros. Que nos está poniendo a prueba y, a la vez, pone a prueba a nuestra sociedad, modo de vida y forma de organizarnos (social, económica y políticamente); y, si algo he aprendido durante mi formación académica y profesional es que, si bien no se debe evaluar sin intervenir tampoco se debe intervenir (ponernos a prueba como sociedad) sin valorar. Por ello, animo a todo el mundo a aprovechar estas circunstancias que nos ponen a prueba para valorarnos y, por tanto, poner en valor, en su sentido más literal, nuestra vida. Sirva esta pequeña reflexión para ello y las preguntas de más arriba como calentamiento.

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