Sonia Puente Landázuri es Arquitecta urbanista

(…) La ciudad es un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, lenguaje, lugares de trueque de palabras, deseos y recuerdos, (…)
Las ciudades invisibles. Ítalo Calvino (1972)

La ciudad, entendida en un amplio concepto, como asentamiento humano dependiente, ineludiblemente del territorio, es el lugar donde desarrollamos nuestra vida. Si nos paramos a pensar en nuestros recuerdos, estos proceden de lugares, al menos tanto, como de entornos construidos y forman parte de la creación de nuestra memoria. Es el ecosistema en el que vivimos, espacializado en un lugar.  De ahí la importancia del territorio para implementar las diferentes políticas que repercuten en el desarrollo pleno de nuestras vidas y las que quedan por venir.

Y en esto, nos llega una crisis sanitaria, social y económica. como consecuencia del monstruo,  productivo y autodestructivo con nuestro entorno y, por tanto, con nosotros mismos.

Y paramos.

Y vimos como el ascenso del número de fallecidos y contagiados, era inversamente proporcional a la contaminación acústica de nuestras ciudades, a la mejora de la calidad del aire, a la  llegada de fauna que hacía tiempo no circulaba por nuestros entornos, a la calma en las ciudades como consecuencia de la restricciones del turismo, etc ….Esta crisis nos ha puesto delante de los ojos, sin poder mirar hacia otro lado como hasta ahora, la imposibilidad de volver a esa vida que llevábamos y asimilábamos como “normal”,  salvo que nuestro fin fuera la autodestrucción. Y también nos ha puesto frente al espejo las enormes desigualdades existentes, con la diferencia de que ahora son noticiables por los grandes medios de difusión general. Nos ha permitido señalar problemas de conciliación a todas las escalas.

Conciliación con el ecosistema planeta. A partir de la Revolución Industrial nos creímos, a la “máquina” como un poder sobrenatural. Pensamos que la tecnología estaba por encima de la naturaleza y nos alejamos de ella. ¡Qué ilusos! Esta crisis nos ha puesto de manifiesto que nada más lejos de la realidad. Este alejamiento de la naturaleza ha provocado, y lo sigue haciendo,  un excesivo consumo de recursos naturales: suelo, materiales y energía, basado en una competitividad entre territorios, a ver quién produce más a través del consumo.

La globalización ha provocado una hipermovilidad a la que sometemos a mercancías y personas, que está agotando los recursos naturales necesarios para el mantenimiento del planeta.

Somos eco-dependientes, del entorno en el que vivimos, y tenemos la obligación de  interiorizarlo.

Conciliación con el ecosistema próximo: el territorio donde se asientan las ciudades. Los seres humanos somos un elemento principal dentro  del ecosistema. Y los asentamientos donde se produce nuestra vida deberían regirse por las leyes físicas de la naturaleza, basadas en el principio básico de la eficiencia, es decir máximo resultado con el menor gasto posible. El consumo de recursos y el impacto contaminante generado por ello está provocando territorios esquilmados.

La tendencia a considerar al suelo como un espacio con la unívoca vocación de ser edificado, bajo un modelo expansivo, llegando incluso  a megalópolis de difícil gestión territorial, ambiental y social, es un modelo que requiere de una revisión por insostenible.

Conciliación con nuestro entorno cotidiano: el barrio. Estamos asistiendo a como los barrios de menor nivel socioeconómico resultan más afectados. Esto responde a varios factores. Entre ellos, una alta densidad de población con poco espacio libre público próximo, y normalmente de muy baja calidad por distintos factores: situación, condiciones ambientales, diseño, etc. Calles estrechas, y principalmente ocupadas por los coches, donde el peatón queda relegado a un segundo plano. Y es que su diseño, con excepciones, habitualmente ha respondido más a intereses económicos, que sociales o medioambientales, llegando incluso a altas cotas de privatización del mismo.

A esto se suma la densidad de población real, frente a la teórica, debido al precio desorbitado de la vivienda en las grandes ciudades, en comparación con el sueldo medio. Esto obliga irremediablemente a compartir vivienda, generalmente de escaso tamaño, conviviendo en una unidad familiar hasta tres y cuatro  generaciones, o compartiendo viviendas por habitaciones y/ o camas, llegando incluso al hacinamiento.

Conciliación con nuestro hogar. En esta crisis las medidas políticas tomadas, han partido del hecho de que el 100% de las personas dispone de un lugar donde refugiarse, algo que como sabemos no es real. Y de tenerlo, que disponga de condiciones  saludables y habitables, cuando tampoco es así. La vivienda proporciona, entre otras cosas,  cobijo y refugio, necesidades básicas del ser humano.

También consecuencia del elevado precio, son el reducido tamaño de las viviendas. Así, resulta mucho menos llevadero un confinamiento de las características del vivido, a las personas con escasos recursos. Y si a esto le añadimos el diseño y su implantación en la trama urbanística, que en ocasiones da cómo resultado viviendas que solo tienen vista a patio de luces, oscuros, ruidosos y sin un rayo de sol, la situación se complica. La terraza ni está ni se la espera. Y cuando la hubo, en la mayoría de los casos se cerraron fruto de la necesidad de ubicar espacio para las tareas del cuidado:  tendales, lavado, almacenaje, etc, espacios de los que la vivienda carecía originalmente.

En los últimos años las tecnologías se han introducido en nuestra vida de manera imprescindible sin que el producto inmobiliario, cuasi encapsulado, se adapte a los nuevos modos de vida. Valga como ejemplo la introducción del teletrabajo. La vivienda media que oferta el mercado inmobiliario, en general no están adaptadas para este uso. Ni siquiera las normativas de diseño que las regulan.

En España tenemos un total de 25,2 millones de viviendas, de las cuales, en torno a un 60 %, no disponen de condiciones mínimas de habitabilidad, en cuanto a eficiencia energética, aislamiento acústico, accesibilidad, diseño, etc.

Y menos de un 30% de los hogares responde a modelos que podemos denominar clásicos de convivencia. Esto es, padre, madre, y uno o dos hijos. Por tanto, hay un 70% de población que se queda fuera, de los modelos estándar para los que está pensada la producción mayoritaria de vivienda en España.

A la vista de este diagnóstico, no queda duda que el urbanismo es el causante de mucho de ello, pero también, es la solución. Es decir, las mismas herramientas que hemos puesto en servicio para llegar hasta aquí, nos pueden ayudar a realizar un cambio de rumbo. No hay más que mirar hacia atrás.

Hasta bien entrado el siglo XIX las ciudades españolas, por razones militares o fiscales, estaban rodeadas de murallas o cercas, que impedían su expansión. En el interior de estos recintos se suscitaban abundantes problemas de congestión, higiene, escasez de viviendas y consiguiente carestía de las disponibles. Así empezaron derribándose las murallas de Barcelona (1854)  y Madrid (1868) , dando lugar a sus famosos ensanches, Cerdá y Castro respectivamente. Estas iniciativas culminarían con la aprobación de la Ley de 29 de junio de 1864, fijando las reglas que deberían aplicarse en el ensanche de poblaciones.

Hoy seguimos viviendo en ciudades conformadas en el siglo XX, y derivadas de una ley planificada en el siglo XIX, al albur de la Revolución Industrial a pesar de estar a las puertas de finalizar el primer cuarto de siglo XXI, y viviendo otra Revolución, la del conocimiento. Con unas dinámicas, modos de vida, necesidades…que ya nada tienen que ver.

El urbanismo y la ordenación territorial requiere de cambios estructurales, que al igual que hicieron las ciudades, necesitan  romper las costuras que las atan y que aborden cuestiones como:

  • Territorios y poblaciones en red, frente a grandes aglomeraciones, que permitan poner en práctica el “juntos pero no revueltos”, están demostrando una mayor resiliencia a los imprevistos. Y Asturias es un ejemplo.
  • Un urbanismo regenerador de lo existente, frente al desarrollismo y consumo de suelo más propio del siglo XX.
  • Equilibrio entre el suelo urbano y el rural, y no supeditados uno a otro.
  • Ciudades compactas, para cuyo estudio se amplía el zoom, incluyendo el territorio circundante, el ciclo del agua, las áreas forestales, agrícolas, de pasto, etc
  • Situar a las personas como prioridad y considerarlas formando parte de un ecosistema que debe mantener un equilibrio. De lo contrario se rompe, produciendo ineficiencias y desigualdades.
  • Un urbanismo que considere como mejor movilidad, aquella que no se produce. Limitar los desplazamientos mediante compacidad y mezcla de usos.
  • Huir de simplificaciones funcionales de la ciudad, entendida en un amplio territorio, evolucionando hacia la comprensión de un ecosistema complejo que solo puede abordarse desde modelos holísticos.
  • Re-naturalizar las ciudades. Recuperar el flujo metabólico que permita introducir la naturaleza en la ciudad y recuperar la biodiversidad.
  • Poner en valor el espacio público, como lugar común de convivencia, frente a la individualidad y como complemento de la vivienda.
  • Trabajar el urbanismo en todas las escalas: la territorial, la entidad de población, a la vez que el barrio como escala de la cotidianeidad, permitiendo construir ciudades más saludables, amables e inclusivas  para la diversidad de personas que componen la sociedad.
  • Visibilizar el cuidado, en el espacio público y privado, como trabajo imprescindible para el sostenimiento de la vida de todas las personas en todos los ámbitos.
  • Dialogo entre ciudad virtual y ciudad real, necesidad de complementariedad.
  • Re-definir nuevos modelos de vivienda que contemplen otras maneras de vivir y convivir, mediante la incorporación de dinámicas que rompan el aislamiento social presente en nuestro día a día.
  • Flexibilizar y desjerarquizar el programa de diseño de las viviendas, que permitan adaptarse al ciclo de vida completo de las personas.
  • ………etc

La afirmación de que las crisis son momentos de oportunidad, no por manida deje de ser cierta. Son momentos disruptivos que ayudan al impulso de cambios estructurales, y por eso constituyen verdaderas oportunidades. Y en esta crisis sanitaria, social y económica en la que estamos inmersos, sería una pérdida importante si no aprovecháramos la oportunidad que nos brinda el territorio para ponerlo en valor como un recurso al servicio de las políticas en el camino de los seres humanos por el planeta, de manera que logremos ser sostenibles en las tres vertientes: ambiental, económica y social.

Autor de la fotografía: José Ramón Puerto

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