Pedro González de Molina Soler es Profesor de Geografía e Historia. Ex-Secretario de Educación y Formación de Podemos Canarias. Militante de CCOO.

 Crisis del 2008. Alemania logró imponer su hegemonía sobre Francia y al resto de la Unión, aplicando una ortodoxa política ordoliberal. El eje franco-alemán se rompió y nunca se ha vuelto a recuperar.  En 2015 se sacrificó a Grecia al altar de los Mercados a través del terrorismo financiero y de los terribles Memorándums. El gobierno de Syriza fue castigado  para impedir el surgimiento de una alternativa de izquierdas a la salida de la crisis aplicada por Merkel.

¿Cuál eran los objetivos de Alemania y de los halcones de la UE? Lograr transformar una crisis financiera en una crisis de deuda soberana, trasladar la presión de la necesaria reforma de la banca y de las inversiones en la bolsa hacia una reforma profunda del Estado del Bienestar para abrirlo a nuevos negocios privados, reducir el tamaño del Estado, atar a estos a las reglas del déficit y gasto para impedir cualquier tipo de política keynesiana. El objetivo aparente era reducir la deuda, que se multiplicó, y el déficit, que ha ido cayendo.

¿Qué supuso también? Privatizaciones, externalizaciones y semiprivatizaciones en los Estados endeudados, ya fuese de empresas públicas o de sectores adscritos al Estado del Bienestar, la socialización de las pérdidas de los bancos, reducir el poder de los trabajadores y de los sindicatos, etc.  Por poner dos ejemplos: con la excusa del envejecimiento de la población la UE exigió el aumento de la edad de jubilación, la reducción en los aportes del Estado a las pensiones y favorecer las pensiones privadas. Por otro lado, la Comisión Europea, entre 2011 y 2018, exigió en 63 ocasiones a los países miembros que recortaran sus gastos en sanidad 

De las consecuencias de la crisis financiera de 2008 no nos hemos logrado recuperar aún. Hemos tenido pobres cifras de crecimiento, una reducción de las cifras de desempleados a cambio de una mayor precariedad, una pérdida de ahorros absorbidos en los peores momentos de la crisis por la necesidad, el aumento de las desigualdades de todo tipo, el aumento del poder de las fuerzas de extrema derecha por toda Europa y una debilitamiento de la democracia.

Si en 2008 la salida antisocial a la crisis fue suscrita por la inmensa mayoría de gobiernos de entonces, ya sea de buena gana (como el español del PP) o forzados (como el griego o el portugués), en 2020, en plena crisis del COVID19, sin embargo se está produciendo un duro choque entre el Sur (Italia, España, Portugal y Grecia), más Francia, contra Alemania, Austria, Finlandia y Holanda por la salida de la crisis. La revuelta contra la imposición de la ortodoxia es mucho más dura y seria que en 2015. No sólo porque dicha revuelta es encabezada por la segunda, tercera y cuarta potencia económica de la UE, sino porque se inscribe en el marco del debilitamiento del proyecto europeo derivado de las consecuencias de la crisis de 2008 y del BREXIT. 

Por un lado, Holanda, Finlandia, Alemania y Austria defienden no mutualizar la deuda derivada de la reconstrucción que necesitará la UE en cuanto salgamos de la crisis sanitaria. Además, defienden utilizar el BEI para facilitar fondos a las empresas, la compra de deuda del BCE a los Estados y la ayuda a la banca, ayudas a los ERTES, que se movilicen 500.000 millones de euros para canalizarlos a través del MEDE a los países que lo soliciten y un pequeño fondo de solidaridad a los países afectados, cantidad ridícula en comparación con los 100.000 millones de euros movilizados para “rescatar a España” en 2012 (aunque en realidad a quienes se rescataba era a la banca holandesa, belga, francesa y alemana, que habían hecho negocio prestando a la banca y cajas de ahorro españolas durante la burbuja inmobiliaria). Wolfang Schäuble, presidente del Bundestag y bête noire de Grecia en la crisis de 2015 que incluso llegó a exigir el GREXIT, ha defendido, junto con los holandeses, que no se debe volver a resucitar el debate de los eurobonos ni cualquier salida solidaria, sino que las ayudas del MEDE vienen con condicionalidades que suponen a la postre recortes y más austeridad. Para Alemania, estas condiciones serán menos duras que en 2012, mientras que los holandeses proponen que sigan siendo igual de duras que cuando los “rescates” (o secuestros, mejor dicho) de esa época. Merkel y Rutte maniobraron a última hora para dejar fuera de la última reunión, con éxito, al presidente del Parlamento Europeo, único órgano democrático de la Unión, el socialista italiano David Sassoli, porque iba a apoyar las demandas del bloque de Francia y el Sur.

Del otro lado, Francia y España piden un mecanismo intermedio, aunque España sigue defendiendo los eurobonos. Italia exige que la solidaridad europea sea más contundente y que se mutualice la deuda derivada de esta crisis sin contraprestaciones adicionales. Los apoyan Grecia, que ha aprendido de la caída del PASOK-ND-Syriza, Portugal, donde su presidente ha defendido que la banca debe aportar ya que fue rescatada con gran sufrimiento de los ciudadanos lusos, y una decena de países. Todos rechazan la utilización del MEDE y la vuelta de los hombres de negro.

El plan Marshall que demandan parece muy lejos de aplicarse y la solidaridad de una parte de la Unión brilla por su ausencia. Italia ha llegado a amenazar con echar mano de la ayuda china, que tiene puestos los ojos en el país transalpino con el lanzamiento de la ruta de la Seda. Si en 2015 ni Rusia, agobiada por la guerra de Ukrania, las sanciones y los problemas económicos, ni China, que pretendía hacerse con infraestructuras claves como el Puerto del Pireo, apoyaron a Grecia, en 2020 tanto Rusia, como China, pueden jugar un papel mucho más importante y decisivo si la Unión no encuentra una salida solidaria a esta situación. La imagen de las tropas rusas entrando en Italia para ayudar al país y de la ayuda solidaria china, no deja de ser chocante viendo la actitud insolidaria de Holanda y Alemania.

Las instituciones europeas han buscado soluciones intermedias entre las dos posiciones, aunque la respuesta de la Comisión, dirigida por la alemana Von der Leyen, ha sido muy tibia. Por una parte, el BCE está comprando deuda y por otra parte, se ha suspendido temporalmente el “Pacto (neoliberal) de estabilidad”.

El choque fue tan duro que Jaques Delors, antiguo presidente socialista de la Comisión Europea (1985-95), alertó del riesgo de que esta crisis se lleve por delante el proyecto europeo por la falta de solidaridad de algunos miembros. El Primer Ministro luso, António Costas, llegó a preguntar a Holanda de si se veían fuera de la UE, tras los duros enfrentamientos protagonizados por el gobierno holandés contra cualquier posibilidad de activar la solidaridad europea y aplicar los coronabonos.

Finalmente se ha alcanzado un acuerdo por el que se desbloquean préstamos para los países necesitados a través del MEDE pero, mientras dure la crisis del coronavirus y si los gastos son para solucionar problemas derivados de esta, no tendrán condiciones. Una vez pasada la crisis, cualquier ayuda recibida por el MEDE tendrá las condicionalidades nefastas de la crisis de 2008. El debate sobre los eurobonos ha quedado aplazado. La existencia de la UE está en peligro si no logra dar una respuesta más contundente y solidaria a esta situación de crisis. La necesidad de este acuerdo era palmaria, si la UE no alcanzaba algún tipo de componenda, aunque fuera insuficiente, lanzaría un mensaje de parálisis que seria interpretado como de debilidad dando alas a los euro-escépticos y a los buitres financieros.

Quién fue presidente de la Comisión Europea en la legislatura pasada, Jean-Claude Juncker, ha defendido que la idea de los coronabonos se va a abrir camino y de que hay que aumentar el raquítico presupuesto de la UE para poder afrontar la crisis.

Lo cierto es que el debate sobre la reconstrucción, una vez pase la crisis del COVID19, no está cerrado y todas las posibilidades están abiertas. Muchos de los análisis se han planteado desde la posición de que ni Holanda, ni Alemania, ni Austria, ni Finlandia, se van a ver afectados en demasía por el virus y por consiguiente el parón de su economía va a ser menor. No creo que vaya a ser así. De hecho, el FMI ha advertido de una nueva recesión que también afecta a estos países duramente anunciando que la contracción del PIB en 2020 será en Alemania (-7,0 %), Austria (-7,0%) y         Holanda (-7,5%). La crisis en la eurozona va a arrastrar a estos países, los cuales no parece que estén libres todavía del COVID19 que podría agravarse en los próximos meses. Hay que contar también que la crisis va a afectar profundamente a los EEUU. Ya que tienen más dificultades por su estructura institucional, la mentalidad del presidente Trump y de muchos estadounidenses para controlar el virus y eso puede provocar un impacto muy importante en Europa al ser EEUU un gran importador de productos europeos. Es probable que Juncker tenga razón y haga falta esperar tiempo para que holandeses y alemanes acepten.

Esta crisis está acelerando las contradicciones de la UE y de nuestras sociedades, sacando las miserias a flote, poniendo debates sobre la mesa que quedaron sepultados pero no solucionados en la crisis anterior, generando rupturas en los eslabones débiles de nuestras sociedades, nuestras economías y nuestras instituciones. Lo que nos jugamos aquí es la Democracia en mayúsculas. Si el Sur de Europa y Francia no logran imponer otra marcha a la UE no sólo es que pueda desaparecer, o ser una rémora para sus miembros y un castigo para una gran parte de la población, sino que se pueden dar salidas autoritarias a esta crisis, como las que están ensayando Víctor Orbán en Hungría, o el PIS en Polonia.

El Sur de Europa no puede permitirse asumir las condiciones y consecuencias que supondrían acogerse al MEDE con la condicionalidad de la anterior crisis (fuerte impacto social, económico, degradación democrática y el debilitamiento del Estado del Bienestar, que van en la dirección contraria a las enseñanzas que estamos sacando de esta crisis) porque sería el final de los gobiernos progresistas de Italia, Portugal y España y dejaría abierto el camino a experimentos reaccionarios y populistas de derechas, como el de Matteo Salvini.

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