Vicente Bernaldo de Quiros es periodista

Menudo guirigay que se formó en los cenáculos políticos de este país con las ausencias, los aplausos, los silencios y toda una gama de actos gestuales que transcurrieron durante la apertura formal de la nueva legislatura, que contó con la presencia del rey de España, Felipe VI, que, como ya es tradicional, presidió el acto.

Son más bien cuestiones formales que si para muchos votantes tienen importancia, para la mayoría de los ciudadanos no son más que polémicas que se quedan en la piel del contenido de los verdaderos objetivos de este gobierno progresista de coalición, como le han bautizado sus promotores.

La mayoría de las críticas están relacionadas con la subjetividad de sus autores, que piensan que solo su punto de vista es el certero en esta forma de entender la democracia, más por la forma que por el fondo. Que los diputados independentistas de Cataluña y el País Vasco hayan hecho novillos durante la lectura de la intervención real tiene más lógica de la que parece, ya que no solo no reconocen a Felipe VI como rey, sino que aún están escocidos por el discurso del 3 de octubre de 2017, que muchos soberanistas consideraron arbitrario. Que la derecha haya criticado esta ausencia es otro ejemplo de doblo moral, ya que les da igual que estén presentes o no y solo pretenden que se acate sin más la dignidad del jefe del Estado, en una especie de humillación obligatoria.

También hubo muchas críticas y desilusiones con los aplausos que desde la bancada azul que ocupa Unidas Podemos se dirigieron a Felipe VI, una vez terminada su intervención. No es más republicano el que insulta al rey, sino el que trabaja por el advenimiento de una jefatura de Estado que se caracterice por la alternancia y el destierro del modelo hereditario.

En ese sentido, hay que situar las ovaciones izquierdistas en el ámbito de la cortesía y de las unidad sin fisuras del Gobierno. Téngase en cuenta, además, que los parlamentarios de a pie de la coalición de izquierdas se mantuvieron al margen del asunto y ni aplaudieron ni silbaron. Es verdad que hay un cambio con respecto a otras legislaturas, pero el cambio fundamental es que la izquierda ha llegado al Gobierno. Y quiere quedarse.

Suscribo, por tanto, las palabras de la ministra de Igualdad, Irene Montero, que dejó claro que si para conseguir sacar adelante el programa pactado de Gobierno, hay que aplaudir al rey, a nadie se le deben caer los anillos. Y aquí está el meollo de la cuestión: la derogación de la reforma laboral, la legislación de la eutanasia, la subida del salario mínimo y de las pensiones, entre otras medidas, son los asuntos de calado que deben regir las políticas de la izquierda. Los aplausos o el silencio son solamente las polémicas de la epidermis.

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