Marta Rogía. es periodista y licenciada en derecho

Cuando a las féminas no se les reconocen sus méritos científicos, académicos o se atribuyen a varones, se las hace invisibles. Es el denominado efecto Matilda y lleva siglos replicándose. Pero se puede redescubrir su legado, superar la discriminación y proyectar un futuro mejor.

Tal vez en alguna ocasión te hayas preguntado por qué las mujeres no aparecen en los libros de texto del colegio o en las enciclopedias; o peor, quizás hayas pensado que ellas no habían aportado nada a la humanidad durante siglos y por eso no se las menciona. Esta creencia bastante común, ilustra muy bien el sistema patriarcal que ha impregnado todos los ámbitos y que ha dado por válida una convicción que iba en contra de la lógica. Medítalo, ¿en el fondo no te resultaba extraño que no hubiera existido nunca ninguna fémina brillante (salvo un puñadito)?  La hipótesis se califica sola, pero veamos las evidencias de tal falacia.

En 1993 Margaret W.Rossiter, con su artículo El efecto Mateo Matilda en la ciencia, le pone nombre a un fenómeno que denunciaba en 1870 Matilda Joslyn Gage, editora y activista por los derechos sociales en Estados Unidos. Esta, en su ensayo La mujer como inventora, censuraba la atribución de logros científicos a varones frente a las descubridoras reales, borradas de los anales históricos. Aunque no fue la primera persona en sacar a la luz la crónica femenina silenciada. Boccaccio escribe entre 1361 y 1362, De mulieribus claris, obra que él califica como la primera occidental dedicada exclusivamente a recopilar 106 biografías de mujeres ilustres, rescatándolas del olvido. Más adelante, la filósofa y poeta Christine de Pizan, en el siglo XV, la usa junto con otras fuentes para su alegato en defensa y reivindicación de la memoria de sus congéneres en La ciudad de las damas. Luego, estudios de épocas posteriores han ido compendiando perfiles excepcionales como los de Virginia Apgar, Zoila Ascasíbar, Marie-Guillermine Benoist, Hildegarda de Bingen, Lubna de Córdoba, Alice Guy-Blaché, Hedy Lamarr, Henrietta Leavitt, Ada Lovelace, Marianne von Martínez, Harriet Tubman, Isabel de Villena y un infinito etcétera.

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Entonces, ¿por qué ellas no figuran en los manuales de estudio? Por un lado, tenemos a las que alcanzaron notoriedad pública, pero que ni siquiera se citan en la programación educacional. A Teresa San Segundo, directora del Centro de Estudios de Género y profesora titular de Derecho Civil de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), le parece particularmente grave lo que sucede en las aulas. Aboga por una modificación integral de los contenidos pedagógicos. Afirma que no basta pasar sobre la igualdad con una asignatura, sino que se debe replantear por completo lo que se está enseñando. Entiende que si desde la niñez se instruye en equidad, de adultos no se comprenderá otra práctica.

Asimismo, explica que el efecto Matilda es una parte más de la discriminación infiltrada en cada área de la sociedad. Esta consiste en el sesgo masculino con que se orienta cualquier tema. Apunta que, por ejemplo, hasta la década de 1990 no se empezó a considerar como sujetos de pruebas médicas a las mujeres y los modelos resultantes se han basado en el cuerpo de los hombres, con la desviación de cálculos y resultados que esto conlleva. Además, reseña que algunos medios de comunicación son copartícipes en la labor de reforzar una imagen de superficialidad de las féminas, solo interesadas por su apariencia externa, con coberturas continuas sobre maquillaje, forma física, ropa o motivos similares. Critica que potencien su inseguridad, ya que parece que «hay que arreglarse de arriba a abajo con cirugía: el pecho, las orejas…, ¿es que estamos mal hechas todas las mujeres del universo?»

A lo cual se unen los méritos indebidamente apropiados por los hombres, pero no solo en el pasado. Desgraciadamente, «a medida que escarbas sigues encontrándolo en nuestra época y no exclusivamente en el entorno científico, sino también en las empresas, con el típico jefe robamedallas», como asevera Ana Landeta, directora de Relaciones Institucionales y del Canal BeDigital en Femenino, de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Incluso revela que, amén del conocido como techo de cristal que limita el progreso profesional de las mujeres, existe el techo de papel del que responsabiliza a la prensa porque divulga noticias con protagonista masculino y apenas busca opiniones de expertas. Con ello, se sigue manteniendo un ángulo androcéntrico en la información y se relegan otras perspectivas. Por añadidura, la mayoría de las referencias de artículos científicos se vinculan a investigadores hombres, a quienes por tradición se les atribuye mayor autoridad y prestigio. Encima, el registro de patentes es más lento si ella es la solicitante porque los examinadores suelen ser varones y desde su posición de poder aplican un sesgo valorativo que reposa sobre unas estructuras patriarcales muy asentadas, inmovilistas y excluyentes.

¿Cuál puede ser la solución? Además de las acciones indicadas, se debe ir más allá, como sugiere San Segundo. A través de medidas políticas se tiene que impulsar una corresponsabilidad, porque lo habitual es que la mujer interrumpa su progreso profesional por obligaciones familiares, cuando esa contingencia casi no tiene impacto en ellos. Más aún, Landeta agrega otra dimensión que es la visibilidad de lideresas de pymes o de proyectos significativos. Aunque esas labores profesionales no tengan necesariamente un impacto mundial, ya que subir a la cúspide de corporaciones internacionales está al alcance de pocas personas, son espejos para las nuevas generaciones. Es inspirador que las niñas posean un referente cercano que las lleve a anhelar un puesto semejante: imaginemos una línea de alta velocidad como La Meca-Medina llevada por una directora; esto contribuirá a su empoderamiento, concebido «como la seguridad y oportunidad de desarrollar su carrera en igualdad de condiciones». Porque solo transitando por un camino de revisión de quiénes somos y hacia dónde vamos, podremos construir una sociedad más inclusiva y justa. En nuestra mano está la llave del cambio.

[Artículo publicado en Cuervo fanzine núm.7, Mujeres, marzo de 2020]

[Ilustración de Hedy Lamarr, cortesía de Isabel Ruiz Ruiz, publicada en el libro Mujeres, nº 2]

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