César González es profesor de Educación Secundaria

Cualquier arranque de curso escolar es complejo. Ni que decir tiene que este más. Bien lo saben los equipos directivos que trabajan a contrarreloj para encajar todas las piezas necesarias de cara a la incorporación del alumnado a las aulas. Se busca la cuadratura del círculo, a sabiendas de que alumnado, profesorado y familias no podemos adquirir, de repente, unos aprendizajes que llegarán de la mano de la experimentación práctica.

Parece evidente que la generación de entornos seguros pasa por una mayor dotación de recursos y por ello desde el gobierno de España se ha dispuesto de fondos extraordinarios a las comunidades autónomas. Sin embargo, no debemos olvidar que la inversión educativa no era suficiente antes de la pandemia y una situación excepcional como la que vivimos hace más visibles las carencias, de forma singular en un apartado que se hizo imprescindible durante el confinamiento, el relativo a las tecnologías digitales.

Vaya por delante que la digitalización de la escuela no debe tener por objetivo la reducción o eliminación de la presencialidad. Todo lo contrario. La esencia de la educación es la convivencia y a través de ella adquirimos habilidades y capacidades útiles para la vida. Se trata de integrar las Tecnologías de la Información y Comunicación, las famosas TIC, en los procesos de enseñanza-aprendizaje, pues, queramos o no, cada vez están más presentes en nuestro día a día.

Sobre la importancia de las TIC en la escuela ya se lleva reflexionando unos cuantos años. No en vano, en el Libro blanco “Enseñar y aprender: hacia la sociedad cognitiva”, impulsado por Jaques Delors a finales del siglo pasado, desde la Unión Europea ya se apostaba por aprovechar las oportunidades ofrecidas por las tecnologías digitales en el ámbito educativo. Igualmente la OCDE, tras la puesta en marcha del programa PISA en 1997, incidía en la necesidad de desarrollar destrezas prácticas en el uso de las TIC. En cualquier caso, desde la aprobación de la Recomendación del Parlamento Europeo y del Consjeo, de 18 de diciembre de 2006, sobre las competencias clave para el aprendizaje permanente (2006/962/CE), la legislación española incluye la competencia digital como una de las competencias clave.

¿Y cómo abordar el desarrollo de la competencia digital en la escuela? Esta cuestión ha sido abordada de diversas formas en los últimos años. Además de incorporar en los currículos educativos contenidos vinculados a las TIC e incluso asignaturas específicas, aunque sean de carácter optativo, la principal apuesta institucional en muchos países pasó por la dotación de recursos a los centros con modelos 1×1 (un ordenador por estudiante), tal y como se hizo en España con el Plan Escuela 2.0. Muchas críticas recibió la iniciativa del gobierno de Zapatero, pero lamentablemente, diez años más tarde, esos miniordenadores son el principal patrimonio digital que existe en la escuela pública. Y no se lo creerán, pero, mal que bien, siguen funcionando y hay quien inocentemente dirige su dedo a la pantalla pensando que es táctil.

Las TIC en la escuela por César González

Pese a la insuficiente dotación tecnológica en los centros educativos, en este contexto, merece la pena reflexionar sobre el concepto de brecha digital. Si inicialmente este término se vinculaba a la falta de acceso a las TIC o a una actitud distante hacia las mismas, en la actualidad la brecha digital tiene más que ver con la baja competencia digital. Es decir, en los entornos más desfavorecidos, la dotación de recursos materiales no basta para asegurar unas habilidades y capacidades adecuadas. En este sentido, las doctoras Esther Martínez, Adriana Gewerc y Ana Rodríguez, en el marco de una investigación realizada con estudiantes de 6º de primaria en Galicia durante el curso 2018/19, alertan de que, a pesar de que la mayoría del alumnado tiene acceso a internet y a un ordenador, el nivel competencial es insuficiente. Además señalan que existen diferencias importantes que tienen que ver con el entorno sociocultural de pertenencia, lo que supone un indicador de la necesidad de abordar estos aprendizajes dentro de la escuela. O lo que es lo mismo, desde la presencialidad.

Del mismo modo, los datos recogidos por la doctora Ana Pérez Escoda en el curso 2104/15 entre alumnado de primaria de Castilla y León inciden en la influencia de los estímulos del entorno familiar a la hora de desarrollar la competencia digital. Además muestra su preocupación por el escaso nivel competencial de los denominados nativos digitales, un problema compartido con infancia y adolescencia en la Unión Europea, tal y como ya se indicaba en el Informe Horizon 2014. Por tanto, la convivencia en un entorno digital no asegura una adecuada capacitación.

Podrán sorprender estos datos, pero resulta que el concepto de competencia digital ha sufrido una importante evolución en los últimos años. Si inicialmente se abordaba la capacidad para utilizar herramientas y medios digitales, en la actualidad se tiene en cuenta otros elementos indispensables para el manejo de las TIC. De esta forma, el marco DigComp, desarrollado por la Unión Europea para fijar estándares de referencia en este ámbito, agrupa las diversas capacidades en las siguientes áreas competenciales: tratamiento de la información, comunicación y colaboración, creación de contenidos digitales, seguridad y resolución de problemas. Y es que hoy en día cualquier joven, y no tan joven, puede hacer auténticas virguerías con su móvil de última generación y con la aplicación más novedosa, pero las dificultades llegan cuando se trata de filtrar y evaluar la información a la que se accede a través de internet, de colaborar a través de canales digitales, de contemplar los derechos de autor, de proteger los datos personales y la identidad digital, de programar o incluso de resolver problemas técnicos básicos. Mención especial merece la salud y el bienestar digital, elemento que tiene en cuenta riesgos y amenazas asociadas a un uso inadecuado y/o abusivo de las TIC.

No menos importante es la formación del profesorado. Ya en 2008 el modelo TPACK, impulsado por Koehler y Mishra, apostaba por una competencia profesional asentada en tres pilares: conocimiento del contenido, conocimiento didáctico y conocimiento tecnológico. Por tanto, la adquisición de habilidades digitales y la utilización de las TIC en el aula no garantizan una adecuada competencia digital docente. Tal y como señala Mercé Gisbert, catedrática de Tecnología Educativa e impulsora del Observatorio de la Competencia Digital Docente, el profesorado precisa una formación específica en este ámbito y de sistemas de certificación eficaces.

Además de todo lo apuntado, hay otros elementos que deben contribuir al desarrollo de la competencia digital de alumnado, profesorado y sociedad en general. No podemos olvidarnos de la coordinación administrativa, la innovación y la investigación educativa dentro del aula, los recursos de apoyo a madres y padres, la planificación educativa fuera del horario escolar o la intervención socioeducativa con los colectivos más desfavorecidos. No podemos, en definitiva, olvidarnos de las personas con más dificultades, ni de quienes pueden sufrirlas en el futuro.

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